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“El Superclásico o la distancia entre el cambio declamado y la realidad”

Editorial de Diego Gorgal en La Política Online.

La conexión entre la política y el fútbol que atraviesa las entrañas de los gobiernos porteño y nacional en sus máximos niveles.

Lo que se ha denominado como el “Superclásico de la Vergüenza” constituye una acabada metáfora de la distancia existente entre el “cambio” declamado que el gobierno sostiene producir en la Argentina y el alcance real del mismo. Ciertamente, en muchos de los problemas públicos de nuestro país lo cambiado por el macrismo es el relato o la representación simbólica de la realidad, mientras que la realidad de las cosas ha permanecido, en el mejor de los casos, inalterable en el tiempo. Tal es la principal lección que arroja los sucesos del fin de semana.

El cambio declamado

La Argentina representada en los discursos, las imágenes y las propagandas del gobierno macrista quería jugar el partido con hinchas visitantes. El 2 de noviembre el Presidente Macri sostenía que “Lo que vamos a vivir los argentinos en unas semanas es una final histórica. También una oportunidad de demostrar madurez y que estamos cambiando, que se puede jugar en paz. Le pedí a la Ministra de Seguridad que trabaje con la Ciudad para que el público visitante pueda ir.” Tal recomendación no era menor, ya que por los atributos de la investidura, se supone que el Presidente de la Nación es la persona con mayor nivel de información de la Argentina respecto a los problemas de la realidad y las capacidades estatales para abordarlos

Días antes, el 31 de octubre, la Jefatura de Gabinete de la Nación publicaba una Carta Pública cuyo título era “Un país más seguro”. Allí se expresaba que “El Gobierno está orgulloso de la política de seguridad y derechos humanos que está llevando adelante. Estamos avanzando hacia una sociedad más pacífica y devolviéndole al Estado autoridad sobre territorios que había perdido.” Según las huestes de Marcos Peña, dichos avances se debían a “Una mejor coordinación entre las fuerzas federales, las fuerzas provinciales y los jueces federales y provinciales.” Además, argumentaba que “Nada de esto habría sido posible sin el proceso de reforma del Poder Judicial y las leyes aprobadas por el Congreso en estos años, que fortalecieron las investigaciones de las fuerzas de seguridad, la infiltración de redes criminales y la persecución del crimen organizado, como la extensión de la Ley del Arrepentido para los casos de corrupción.” Finalizaba la apología diciendo que “También se sancionó la ley de nuevas técnicas de investigación penal, que crea técnicas especiales para combatir el crimen organizado y desarrolla las figuras del informante, el agente encubierto y el agente revelador, entre otras.”

En dicha inteligencia, la Ministro de Seguridad, Patricia Bullrich, había declarado públicamente en una entrevista en el canal América TV que la propuesta hecha por Macri “No es un capricho del Presidente, el que no arriesga no gana. Hay que animarse a dar pasos. Hicimos mucho para que no haya violencia en el fútbol” (Como nota al pie, resulta menester destacar que toda política de seguridad seria consiste en reducir los riesgos, no en tomarlos). Alegó también que la situación cambió en los últimos dos años y ocho meses: “Siempre se hablaba de muertos y ahora ha cambiado para bien”. Y remató sosteniendo que “la decisión es mostrarle al mundo que las barras y los violentos no entran al fútbol porque los tenemos en las listas de derecho de admisión”.

Este relato de la Argentina macrista se completa con un dato fundamental para el análisis: la conexión entre la política y el fútbol que atraviesa las entrañas de los gobiernos porteño y nacional en sus máximos niveles, por un lado, y los dos clubes de futbol involucrados, por otro. El presidente de Boca, Daniel Angelici, ejerce el padrinazgo político de los principales funcionarios de seguridad porteños y del organismo nacional de inteligencia, al tiempo que funcionarios nacionales y porteños lo hacen sobre la dirigencia de River. En ningún otro momento de la historia argentina hubo tanta sintonía entre los actores de esta novela. Todos ellos augurando una fiesta del fútbol.

A pesar de toda la energía puesta en la construcción del relato oficial, la realidad de las cosas en nuestro país -sobretodo en materia de seguridad- es bien distinta. Ciertamente, desde hace tiempo en Argentina vienen acumulándose prácticas formateadas por la anomia.

Se entiende por anomia la situación en que las reglas sociales -formales o informales- se han degradado o perdido eficacia para regular las conductas de los miembros de una comunidad. Esto se debe a diversas causas, entre las que cuentan la impunidad. En la Ciudad de Buenos Aires, a pesar de los discursos y propagandas oficiales, por cada 100 delitos que se denuncian (y apenas se denuncian una fracción de los que efectivamente ocurren) sólo 1 recibe condena.

En la Ciudad de Buenos Aires a pesar de los discursos y las propagandas oficiales, por cada cien delitos que se denuncian (y apenas se denuncia una fracción de los que ocurren) sólo uno recibe condena.

Tal situación se potencia en el contexto del fútbol. Sucede que hace tiempo ha mutado la violencia en el fútbol, sin que la evidencia de tal mutación haya provocado un cambio en la política para abordarla. En efecto, mientras que hace veinte años el problema radicaba en la confrontación violenta entre “barrasbravas” de distintos clubes en ocasión del partido de fútbol, hoy día dichas “barrasbravas” se han convertido en empresas criminales orientadas a administrar los negocios ilegales que existen alrededor del fútbol. Tal situación se logra con necesaria asociación/connivencia con la dirigencia de los respectivos clubes, y de esta con la política. No existe “barrabrava” en el futbol argentino que no se dedique a la gestión de los negocios ilegales asociados con este (entradas, trapitos, droga, comida,merchandasing, compraventa de jugadores, etc.). Por ello los conflictos “intra-barrasbravas”, por el botín de la empresa criminal, han suplantado a los conflictos “inter-barrabravas”, motivados por cuestiones menos apetecibles como el “honor” o las “banderas”.

Ahora bien, ¿qué tiene que ver estos grupos de “barrabravas”, minoritarios respecto a la parcialidad de los clubes, con la violencia sucedida en ocasión del Superclásico? Dos aspectos concurren en la respuesta, uno coyuntural y otro más estructural. En primer lugar, 48 horas antes del partido se realizaron allanamientos en domicilios de los líderes de la “barrabrava” de River, incautándose 300 entradas y $10 millones en efectivo. Sin embargo, no hubo arrestos que desarticulen la organización. Esto implicó que se generó una amenaza directa y relevante a la seguridad del evento, pues es dable de esperar que la organización criminal responda en consecuencia. Una gestión inteligente de la seguridad requiere, entonces, que se adopten contramedidas adecuadas a la inteligencia que se tenga de la amenaza. En lugar de ello, la información sobre el dispositivo de seguridad revela que dichas contramedidas brillaron por su ausencia.

En segundo lugar, desde un punto de vista más estructural, los “barrabravas” se han constituido también en agentes de difusión de prácticas violentas dentro del futbol. Sucede que, como apuntan los estudios en la materia, la violencia es una epidemia que se “contagia”. La exposición a prácticas violentas que no tienen castigo esparce o contagia la violencia. Así, la impunidad con la que se mueven las barras contagia progresivamente al resto de los miembros de una parcialidad, que descuentan que “nada pasa” frente una conducta desviada. Más aún, los funcionarios policiales desplegados en un operativo también descuentan que “nada pasa”, de allí que su accionar se limita a cumplir formalmente con las órdenes que tienen, sin mucho compromiso con el resultado que se espera.

La realidad siempre se impone

A comienzas de las gestiones macristas, y desde este mismo espacio, advertíamos que en materia de seguridad tales administraciones habían decidido ser administradores-prolijos, ordenados, pero administradores al fin-antes que transformadores de la realidad. La creatividad, los recursos y la efectividad en la construcción de una represión simbólica de la realidad que supone un movimiento de cambio, no suple ni se impone a la realidad de las cosas. Por el contrario, la realidad-más tarde o más temprano-siempre se impone.

En el plano de la seguridad, esto implica que los problemas de seguridad, como las enfermedades cuando no se las trata, siempre evolucionan, y para mal. Por ello, las gestiones macristas deberían abandonar el rol de comentadores de la realidad y emplear toda la energía en transformarla, antes que en representarla simbólicamente. Caso contrario, siempre se puede estar peor.

Fuente: https://bit.ly/2AsN3aq