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“La Argentina de El Gran Bonete”, por Silvia Fesquet

De la editora al lector (Clarín).

Una sensación repetida: siempre la responsabilidad parece estar en otra parte y, en general, no se termina de saber quién o qué instancia faltó a sus deberes.

-“¿Yo señor?

-“No, señor”.

-”¿Pues entonces quién lo tiene?”.

Al Gran Bonete se le ha perdido un pajarito y señala, de entre todos los participantes sentados en ronda e identificados cada uno con un color, a quien presuntamente se ha quedado con el ave en cuestión. Por ejemplo, al Azul. De estar el Azul atento, lo niega y apunta a otro responsable, por caso, el Verde. A su vez, el nuevo nominado hace recaer la culpa en un tercero y así sucesivamente, en un continuado de respuestas y réplicas cada vez más rápidas, hasta que alguien se confunde y contesta aun no teniendo el color al que se acaba de aludir. Juego popular que divirtió a generaciones, cualquier similitud con la realidad nuestra de cada día no parece mera coincidencia.

La última semana, sin ir más lejos, y a raíz de los cortes de luz que afectaron a miles de usuarios, algo de aquel juego pareció reeditarse. Sin responsables claros que salieran a poner un poco de luz entre tanta oscuridad, valga la metáfora,como en el juego de marras la atribución de dar respuestas parecía saltar de un lado a otro sin recaer en ninguna mano en concreto.

Del ENRE a la Secretaría de Energía pasando por las empresas de electricidad, la única certeza para los damnificados, en el centro de la escena, era el desconcierto. Ninguna voz responsable brindando explicaciones, informando acerca de la duración de la falta de suministro, de cómo encarar los reclamos, de sobre qué reclamar exactamente. Sólo la de Elisa Carrió se hizo escuchar, no sólo criticando los aumentos de tarifas que empezaron a regir el viernes pasado y “que a esta altura no se justifican”, según dijo, sino señalando a las empresas “que ni siquiera contestan el teléfono”.

Casi en simultáneo se conocía la liberación, por parte de una jueza, de un motochorro colombiano -autor del robo de un celular-, después del pago de 700 pesos. La polémica, en la que terminaron interviniendo desde Diego Santilli y Horacio Rodríguez Larreta hasta el propio Mauricio Macri, estalló cuando se supo que el ladrón tenía tres causas penales previas en su país por “hurto calificado agravado”, “violencia intrafamiliar” y “fabricación, tráfico o porte ilegal de armas o municiones”.

A partir de allí empezaron los señalamientos sobre las distintas instancias de responsabilidad: si los informes del Registro Nacional de Reincidencia, si los de Policía Federal, si los de Migraciones… La jueza adujo que con esos antecedentes el motochorro nunca debería haber entrado al país. Migraciones respondió que en el sistema de los puestos fronterizos no había impedimentos contra el colombiano. Todo terminó con la decisión, compartida, de expulsarlo del país.

Más allá de que para eso primero habrá que encontrarlo, la sensación que queda flotando, una vez más, es la de una enorme fragilidad, la de que siempre la responsabilidad parece estar en otra parte y la de que, en general, no se termina de saber quién o qué instancia faltó a sus deberes. Cada uno de los involucrados esgrime sus razones y argumentos y en el medio de tanto desaguisado quedan los ciudadanos. Que deben pagar sin chistar sus facturas y los aumentos; que son las víctimas de los motochorros, prófugos o legales, con antecedentes o debutantes en el delito. Esos mismos ciudadanos que, cada tanto, se convierten en votantes y pasan a ser entonces objeto de interés.

Sin traducción literal equivalente en español, accountability es la palabra inglesa que puede definirse como responsabilidad y, también, rendición de cuentas. Haciendo alusión a ella, algunos trabajos hablan ya del neologismo respondabilidad, algo así como el deber de rendir cuentas. En las antípodas, claro, de El Gran Bonete.

Fuente: https://clar.in/2SsCEX5