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“No hay culo hegemónico en la nueva era”

Opinión publicada en Oleada, por Victoria Freire (Socióloga y feminista para cambiar la realidad. Directora del Observatorio de Géneros y Políticas Publicas. Referente de Mala Junta).

Una reflexión sobre el debate al interior del feminismo entre Julia Mengolini y Jimena Barón. Más allá de las lectura mediáticas que hablan de “enfrentamiento”, un cruce de miradas que alimenta la potencia feminista en múltiples dimensiones. ¿Hacer lo que queremos puede implicar continuar reproduciendo los estereotipos sexistas, de cuerpos hegemónicamente bellos?

Estalló el verano y el tema recurrente son los culos. Pero esta vez, más allá de toda frivolidad inevitable, el debate apareció entre feministas. Jimena Barón y Julia Mengolini resonaron por sus posteos en las redes sobre la ostentación de culos esculpidos, y de qué se trata la libertad. Así de profundo. Como el feminismo todo el tiempo debate contra sí mismx y la sociedad, y asumimos que estamos llenas de contradicciones, detenernos un minuto a generarnos preguntas es un ejercicio más sano que ir a cualquier gimnasio. Sin personalizar ninguna discusión (ni sus respectivos culos) porque estamos pensando ni más ni menos que en nuestras vidas y nuestros cuerpos. Aquí vamos.

Liberal feminismo o feminismo situado

Aunque nuestros cantos en la lucha auspician la caída del patriarcado, “se va caer” es aún una expresión de deseo. Incluso más que eso, es la certeza de que nuevas generaciones ya cavaron una grieta con los vetustos mandatos machistas y estamos en proceso de generar otras subjetividades. Otros pactos sexuales, como propone Marina Mariasch. No seduce el prototipo del macho, el lugar común del levante, al amor romántico se le cayó la careta y hoy sabemos que encubre violencias. Es un proceso en expansión, porque tampoco todas estamos exentas de los “cantos de sirenos” patriarcales que nos convocan a bailar un reggaetón lento. Pero sabemos que no tiene que ser así necesariamente, que la hetetonorma nos marca un camino de rosas con espinas y los estereotipos corporales son un espejismo donde nunca vamos a vernos reflejadas.

Todavía no lo tiramos abajo y sabernos en este contexto, leer cada experiencia en este proceso de luchar contra lo que se espera de nosotras es algo que aprendimos en la escuela de los encuentros de mujeres, lesbianas, travestis y trans. Tenemos que ser pacientes con nosotras mismas y ejercitar la conciencia para no frustrarnos. Vivimos en una época donde dos pibas agarradas de la mano por la calle siguen despertando miradas inquisidoras y si sos travesti te detienen en la comisaría. Aún no lo tiramos, aunque cada práctica disidente transforma la realidad con el compromiso de que si no se cae, lo vamos a tirar. En Teoría King Kong, Virgine Despentes nos señala que la violación es todavía el precio que podemos pagar si queremos ser libres. No estamos exentas de vivir prácticas violentas si somos “fanáticas de los boliches”, como Melina Romero, o si nos enamoramos de un príncipe azul remachado con el que queremos irnos a la cama pero que nos deja inconscientes en el camino.

Asistimos al inicio de una nueva era luchando contra las resistencias de un mundo donde nos gobierna Macri y su festejo de los piropos. Seamos bien conscientes del momento que nos toca vivir, pero no dejemos de imaginarnos libres. Esa es la primera contradicción.

Posfeminismo o con mi culo, una orquesta

Hay un peligro liberal en postular que cada una haga con su cuerpo lo que desea, pero nos encanta y desconcierta a la vez. ¿Hacer lo que queremos puede implicar continuar reproduciendo los estereotipos sexistas, de cuerpos hegemónicamente bellos? No lo sé. La respuesta probablemente sea, como siempre, que depende desde qué posición se practique. Pero sí intuyo que este feminismo de la cuarta ola está rompiendo con una mirada moralista de nuestro propio feminismo que cuestionaba al machismo pero también a nosotras mismas.

Mostrar el ojete y sacudirlo según se nos dé la gana puede ser una práctica contrahegemónica. El placer es también un acto político y cuando reivindicamos el derecho al aborto lo hicimos no sólo porque mueren mujeres en la clandestinidad sino también porque queremos desear con libertad. Levantamos las consignas históricas de la campaña junto a la bandera del derecho al goce y a abrir las piernas sin que suponga el castigo de “hacerse cargo” de sus consecuencias. Y postulamos la implementación de Educación Sexual Integral para tener información y conocer nuestro cuerpo. Para poder reaprendernos.

¿De qué se trata la libertad al fin y al cabo? Se trata de la autonomía sobre nuestro cuerpo, de proponer la voluntad en el centro de nuestras prácticas, más allá del polémico término “consentimiento” que tiene esa declinación hacia la negociación y donde parece que cedemos a la voluntad de otro. Se trata de que no nos pensemos en función de la mirada masculina, históricamente universal y punto de referencia, para construir un mundo lleno de realidades heterogéneas y disidentes.

Y acá me quiero detener porque este feminismo (que menciono en singular pero que es necesariamente plural) busca aprender del recorrido de años de luchas LGTTBI que muestran con orgullo sus cuerpas disonantes, que habilitan activismos diversos, gordxs, discrepantes, y “que otros sean lo normal” como nos enseña Susy Shock.

Pero no nos sirven estas prácticas liberadoras en su uso individual cuando nuestra lucha es contra la cultura dominante. Nos sirven colectivas, politizantes, hacedoras de un nosotrxs amplio, inclusivo, también abyecto. Por acá se dibuja otra contradicción que, si sabemos encararla, si imaginamos colectivamente sus nuevos contornos, probablemente podamos abandonar la reivindicación de la monstruosidad porque los parámetros dejarán de establecernos socialmente bellas o feas. Y si así no fuera, prepararemos nuestra revancha. Porque esta ola feminista cargada de futuro tiene como certeza, en un mar de contradicciones, sabernos resueltas a ser libres para transformarlo todo.

Fuente: https://bit.ly/2G9vHog